Acabo de ver "Esplendor en la hierba", la famosa película de Elia Kazan. Y bueno, tal y como esperaba, resultó ser una grandísima película, salvando algunas escenas rodadas de forma confusa o con una sobreactuación típica de la época, se sustenta en unas actuaciones soberbias, un ambiente entrañable y una ingenuidad y claridad en sus ideas expuestas que, de alguna manera, embriaga (Al menos, conmigo, lo consiguió). Pero lo cierto, es que detrás de la extraña relación de los personajes principales (sumisión, pasión, simbiosis imperfecta..etc), de los conflictos morales y sociales a los que se enfrentan, de las desavenencias entre padres e hijos, se esconde una reflexión, a mi humilde entender, más de fondo. El paso del tiempo, de la oportunidad perdida o del "momento" que ya nunca volverá. Y es ahí dónde me toca la fibra sensible. Porque... ¿Cuántas veces creemos que hemos perdido el tren que nos lleva a realizar el viaje que siempre deseamos? ¿Cuánto tiempo debemos o tenemos que luchar por conseguir llegar a la hora a la parada indicada? Lo que me parece terriblemente indignante pero al mismo tiempo realista y, por qué no, bello, es cómo los personajes se adecuan como buenamente pueden a sus nuevos roles resultados de las circunstancias que dicta el destino, renunciando con ello a sus anhelos y sus sueños. Como aceptan la realidad como algo cambiante, etéreo y amorfo, como dejan escapar sus sueños de adolescencia, que se van difuminando al final con tan poquísima trascendencia, que ya digo, me llega a fastidiar. En mi película imaginada, él, o ella, resisten las dificultades que surgen del seno familiar, de la enfermedad (morir de amor, que hermoso y que cruel) y en definitiva, del destino, para terminar diciendo, no a lo bajini, sino a pecho descubierto, cuánto y de qué manera se quieren, por los siglos de los siglos. Amén. Aunque claro, si esto fuera así, no sería "Esplendor en la hierba", sino "El diario de Noa", un tremendo bodrio amoroso muy de moda. Y claro, en el fondo, lo cruel, real y descarnado, es realmente lo que me impresiona, y lo que me hace reflexionar, y el verdadero mérito de esta película. Porque de debates sociales, de normas impuestas y resistencias varias, ya andamos sobrados, y es un terreno manido dónde hemos cabalgado con frecuencia, pero si empatizamos con los protagonistas, quizás nos planteemos nuestros propios sueños, anhelos y fantasías más ocultas, y hasta qué punto lucharíamos contra el mundo con tal de hacer de él lo que nosotros verdaderamente queremos.Y ahí puede resultar que al mirarnos al espejo, nos veamos valientes y ajenos a este rollo, o bien, por el contrario, un poco peripuestos, niños de bien con tupe o peinado de la época, y un sinfín de reproches minando el corazón, exactamente igual que Warren Beatty y Natalia Wood, Deanie y Bud, en el transcurso de esta genial película.
Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que en mi juventud me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba de la gloria en las flores, no hay que afligirse. Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo. “
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