
Ayer descubrí por fín la causa de mi melancolía. Estaba sentada en la silla, abrazada a mi guitarra, cuando creí oír el susurro de la lluvia. No hay nada que me guste más que la lluvia cayendo en una noche disfrazada con esa tristeza tranquila propia de estos dos últimos días. Y caminé hacia la ventana de la terraza, y cuando aparté la cortina ví que una vez más, el sonido de las gotas de agua chocando contra los azulejos solo eran un reflejo mental de mi deseo inconsciente de ver al cielo llorar. Suspiré, sosteniendo la guitarra por el clavijero, y de pronto, una nube se apartó y un velo plateado cubrió el paisaje nocturno al mismo tiempo que en mi rostro se pintaba una medio sonrisa ilusionada. Tres segundos después estaba fuera, el viento helado rozando mi piel, las estrellas encima de mí y la luna llena, completa, radiante, allí arriba, observando todo desde su trono real. Una hora después me acostaba, tiritando, con un brillo febril en la mirada y un temblor estremeciendo mi alma, el tiempo detenido en una canción y un suspiro posado en los labios. Y acurrucada en las mantas, aún rozando con la punta de los dedos la fría madera de mi guitarra, sonreí, pensando un instante antes de caer en brazos de mi sueño, que hacía mucho tiempo que no me sentaba en el tejado, cuan gato callejero, a cantarle canciones a la luna.
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