La programación televisiva, otra vez, no nos dejó opción, así que poco a poco Miguel y yo comenzamos a hablar de propósitos, ilusiones, familia, asuntos paranormales, conocidos comunes, y, finalmente, de amor. Siempre el amor. Todo los caminos llevan a Roma, y nosotros, almas sensibles, no podíamos ser menos. Él, tan sensible, que entonces comprendes porque ríe tanto y tan bien, se emociona, se altera, se mosquea (aunque no quiera que se le note) y hasta llora a escondidas de vez en cuando como avergonzado, no vaya a ser que le descubramos.
Y resulta, que, muchas veces hablando, te sorprendes con manifestaciones que darían lugar a grandes titulares de tu propia vida, como si un día abrieras el periódico, y en la página de nacional salieras tú mismo, desde un atril, diciendo "El amor hiere". O cualquiera de esas que deberían convertirse en el interior de los periódicos, y no aquello tan lejano pero tan horripilante de las guerras, maltratos, luchas de poder... etc. A veces no nos comprendemos hasta que no hablamos con un tercero, no nos sinceramos, hasta que no sale todo eso que anda en el estómago dando vueltas, o por el contrario, no nos terminamos de mentir hasta que no podemos mentirle a alguien con ojos, nariz y orejas. O ni una cosa ni la otra, simplemente te sirve para hacer revisión de verdades a medias, o de mentiras con unas gotas de verdad, dependiendo del caso.
Y yo ya ando rencorosa con la vida. A mí me vendieron la moto de que estudiando sería alguien, nadie me habló de los trabajos basuras, de las entrevistas sin respuestas y de los sueldos a cinco euros la hora. Ahora, río cuando se empeñan en definirnos a la juventud española como mileuristas con el cinturón ajustado. ¿Quién es mileurista? Un puesto respetable como recepcionista de hotel, según me comentaron el otro día, sale a ochocientos y pico euros brutos. ¿Te imaginas entonces el mozo de almacén, el repartidor de pizzas o aquella simpática rubia que deja el diez minutos enfrente del corte inglés? Por favor, que bajen esos periodistas famosos, neuronalmente inquietos y comprometidos que afirman lo del "mileurismo". Y contestará alguien que bueno, que de qué me quejo, si ahí andaba yo joven, con el mundo a mis manos y pude elegir lo que quisiera. Pude ser valiente y decir, "oye, que me gusta escribir" o "dibujar" o "ser deportista", pero claro, pudo más la aceptación familiar (¿Alguien entiende, entonces, por qué otra persona se empeña en emitir juicios de qué es lo mejor para tí? Oye, que una es joven, maleable y luego se da chocazos contra las paredes exigiendo su cuota de voluntad perdida), el conformismo y la ley del mínimo esfuerzo. El camino, llano y estipulado, que me llevaría a ser "alguien". Pues oye, no. Nunca antes me sentí más nadie y menos alguien. Y eso, es un duro ejercicio de convivencia con una misma, que fruto de errores propios o ajenos, me está desgastando como si el alma andase dando tumbos de parada en parada, de situación en situación, de lugar a lugar... hasta que termine enterrando los sueños y yendo a visitarlos cuando sea su aniversario.
Y quedaba el amor, aquella primera y última esperanza. Porque no tiene sentido negarlo, yo vivo para el amor, o gracias a él. Es capaz de anestesiarme, de dolerme, de engrandecerme y de hacerme la mayor subnormal, es capaz de darme fuerzas pero también de dejarme agotada, me hace creyente e incrédula, con todo lo demás y en todos los momentos. Se lo decía a Miguel, mi guión era el siguiente: "Chico conoce a chica, chico se enamora, chica se enamora, y viven juntos y felices para siempre". "Superando dificultades", maticé. Pero claro, se colaron historias tristes, el desamor, las dudas, el mañana sin tí, se colaron trescientas terceras personas y al final todo se hace tan impoluto, gris y sobre todo, tan triste que ya una olvida cual era el cuento, en qué creía y cuales son sus principios. "Ahora soy una de ellas", me digo cuando leo esas historias de enredos, cuando me dicen que a una pareja conocida los separó tal o cual cosa, cuando Leonard Cohen habla a la mujer del pasado en sus canciones de lentitud asfixiantes, Tom Waits canta un blues para el triste chico solitario o Fito se acuerda de los sueños que se bañan de alcohol en los bares.
Entonces, pienso, me queda mi gente, mi familia y mis amigos, los cuales renegarán de mí por acordarme cuando no tengo que acordarme. Me queda recuperar lo que creo que fuí y seré, y me queda un camino para el autoencuentro. Me quedan los abrazos y besos de Leo que tanto extraño, el equilibrio emocional de Alberto, Marta y su aparente calma vital, los consejos de Muno, el punto de locura estrambótica de Javi, el calor de mi familia, y por fin, el descanso de este mundo de alquiler que es mi vida.
Desconectaré esta semana. Ahora, la tierra de los lamentos, es, ahora, sin embargo, una tierra de esperanza emocional, una trastienda moral dónde reordenar mis pensamientos, un momento cálido dónde refugiarme. La hija pródiga vuelve envuelta en un aura de trascendentalismo y vaivenes emocionales. En el fondo, sigo viéndome como de un tiempo a esta parte. Un poco más lejos, día tras día, de lo que algún día consideré yo misma.
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