Café Amargo...
Nervioso, marchó dirección a su pequeño piso situado en las afueras de la ciudad. Quince minutos después se encontraba frente a frente con la puerta. Estaba completamente cerrada, tal y como la dejó esta mañana. Abrió más cuidadosamente de lo normal, como si fuese a molestar a alguien que estuviera durmiendo, dejó las llaves sobre la mesita de la entrada y avanzó por el corredor hacia la sala de estar. La única persona presente en el piso era él mismo y así lo atestiguaba el abrumador silencio reinante en el ambiente. El contestador indicaba que contenía mensajes almacenados. Al pulsar el botón, el aparato comenzó a vomitar mensajes uno tras otro, “Era una gran persona”, “Os dejo mi más sincero pésame”, “Una terrible dolor nos acompaña en estos momentos…”, “sé que son momentos difíciles, si podemos ayudar en algo…”. La mayoría empleaban el pasado como manera de referirse a los hechos.
Convulso, trató de apoyarse en el sofá para asimilar lo ocurrido, pues casi no podía sustentarse y mantener el equilibrio. Entonces, desde ahí, y como guiado por un misterioso sexto sentido, comenzó a fijarse en las fotos situadas en una de las mesas más cercanas al sofá. En una de ella, su mujer e hijos posaban sonrientes, y él apenas conseguía esbozar un gesto amable. Había sucumbido a una vida ordenada bajo los parámetros que su educación familiar y social le inculcaron. Al lado, otra foto reflejaba su infancia, jugaba con su hermano en la arena de una playa cercana. Era una instantánea feliz, en blanco y negro, de otros tiempos. “Quizás sea cierto, aunque parezca increíble, quizás esté muerto. Muerto en vida, como los zombies. Quizás, esta no sea más que mi última oportunidad de cambiar, de volver a sonreír como en esa foto. Quizás el destino haya querido regalarme esta última oportunidad”.
Entonces, presuroso, desempolvó una de sus viejas maletas, la extendió sobre la cama y comenzó a introducir toda clase de ropa en su interior. Acto seguido, acumuló todo el dinero en metálico que tenía disponible y lo guardó en su cartera, junto a los documentos personales. No tardó en asearse, pues tan solo le ocupó unos instantes. Cogió la maleta y la cargó sobre sus hombros. Antes de salir por la puerta, echó la vista atrás. De un golpe de vista despidió a todos y cada uno de sus recuerdos. Ya no se preocuparía por facturas, dinero ni continuas peleas conyugales, no vería más a los jefes y ni siquiera volvería al mismo bar. Empezaba un nuevo proyecto, una nueva ilusión, una nueva vida. “Realmente no he muerto, he vuelto a nacer”, se dijo al cerrar la puerta.


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