El calendario del 2006 arde en la chimenea. 12 meses que se resisten al fuego, pero que se acaban por quemar. 365 días convertidos en humo que inhalo con fuerza, oxígeno recalentado que trepa por las fosas nasales para calcinar al máximo los malos momentos de este año que se marcha rumbo al pasado. Siento como se agarran a mi piel las llamas del miedo a olvidar mezcladas con el ansia de cambiar, de volver a empezar de cero. Navidades agridulces. El 2007 entra con el pie izquierdo mientras organizo los recuerdos que me quedan de este que se va.
¿Propósitos de año nuevo? En primer lugar, aferrarme a las esperanzas y cargarme de energías positivas, sé que las voy a necesitar. Además, como ya he dicho cientos de veces, quiero cambiar. Pasar de página. Sonreír y parar de alimentar mis absurdas tristezas. Guardar unos cuantos gramos de timidez en el armario y no ponerme tan frecuentemente el antifaz de insensible para salir a la calle. No tirar tantas piedras sobre mi propio tejado, dejar de fingir y de esconderme del mundo. Preocuparme menos del “qué dirán” y tener menos remordimientos de ser como soy. No sentirme como una mierda tan a menudo. Buscar mi autoestima en el fondo del mar (aunque este punto no sé si debería considerarlo una tarea imposible). Ser un poquito menos borde. Y por último, afrontar mi vida de cara al viento y seguir persiguiendo mis sueños. ¡Feliz 2007...!
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