Preludio de Bach. Tres voces que se persiguen entre sostenidos y bemoles. Fusas corriendo detrás de corcheras, blancas y negras enlazadas que aguantan el esqueleto del pentagrama. Metrónomo de lluvia. Silencios cortos, tiempos débiles para respirar.
Hoy te he vuelto a mirar. Desde lejos.
Cresciendo en la primera voz que culmina con el timbre agudo de un do. La mano izquierda sigue ahí abajo, en clave de fa. Tres octavas más arriba, tambalea el dedo meñique de la derecha durante una milésima de segundo, y resbala con inseguridad al si. Cae al la, luego al sol. Cogen velocidad las notas al deslizarse por la escalera buscando la gravedad. Más rápido, cada vez más… hasta que un sostenido de repente frena toda la intensidad.
He vuelto a verte algo especial, como cuando te miraba sin reconocerte.Se me encogen los pulmones, me cuesta respirar. Hace tres días llegué a decir que te odiaba.
Respiran los dedos, y poco a poco, empiezan a subir sigilosamente escalones de dos en dos. Diminuendo. Combinación de armónicos, ligeros agudos, graves ligados… Las corcheras se dilatan, han perdido el tiempo en el anterior compás.
Han sido unos pocos segundos, pero se ha parado el mundo. Sin darme cuenta he dejado de escuchar. La ansiedad no me dejaba hablar, no podía dejar de mirarte. Silencio estridente rebotando en mis oídos.
Se les acaba la voz a las teclas, pero aún se dejan tocar. Suaves sonidos, todos iguales, sin acentuar. Ritardando a cada nota… Do menor, acorde final.
No quiero sentir nada por ti.
Centrar la concentración en las teclas, en las respiraciones, los fortes y los pianos. Sentir como se desprende melodía de las manos. Dejarse llevar, y dejar de pensar. ¿Qué se siente?
Cierro los ojos. Cojo aire, y lo suelto lentamente por la nariz. Cuento hasta tres. Se me abren los párpados y empiezo a andar. Piso sin querer tu sombra. Sonrío mientras empiezo a cantar. El mundo gira, no me había dado cuenta, ya no estás.
*Nunca he podido imaginarme la vida sin música… Se me hace imposible...
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