Me encanta que haga frío. Tener las manos heladas y la nariz roja. Cuando hace frío el calor de un abrazo o de una sonrisa se multiplica por siete millones. Cuando hace frío la mayoría de las cosas van más deprisa o llegan antes; me refiero a las casualidades. Casualidades diminutas casi imperceptibles, pero que están ahí y te alegran el día, rompen su monotonía, como por ejemplo, ir caminando hacia tu casa, por el mismo camino de siempre y a la misma hora de siempre, pero con la compañia de alguien que tiene una plaza reservada en el corazón desde la infancia. Me refiero a esas personas que, aunque no mantengas una relación inseparable con ellas, sabes que siempre han estado y estarán ahi, arrancándote una sonrisa, ofreciéndote hilo o una aguja para coserte el corazón. Y vas andando con esa persona, bajo las caricias del sol de invierno que se ha adelantado, buscando el Otoño en cada palabra, en cada susurro de viento, en cada baldosa pisada... y terminas por chocarte. No, no te chocas contra una farola ni contra el Otoño, te chocas contra una casualidad disfrazada de puzzle. Dos piezas de puzzle unidas, a nuestros pies, que tal vez representan ese hilo de mar que nos une desde la infancia, tal vez representan tu amor por los puzzles y las pequeñas cosas que te hacen feliz, tal vez sean esos trozos de vida que has estado buscándo entre las pestañas, tal vez... Tal vez no fueran más que una simple casualidad, pero ahi está la mágia
0 Comments:
Post a Comment
<< Home