Se despertó con la boca pastosa y una gloriosa resaca. Su primer pensamiento fue que necesitaba otra raya de coca, pero lo desechó. Miró lentamente a su alrededor, tratando de contener las náuseas.Estaba en una cama enorme, con sábanas de seda. A su lado había un cuerpo femenino desnudo, que dormía a pierna suelta. Era una rubia artificial preciosa, o al menos lo había sido antes de que se le corriese el maquillaje y manchase la almohada con él. Caderas bien torneadas, cintura estrecha, pecho levantado con implantes de silicona, pubis bien depilado. Se había pasado la adolescencia soñando con mujeres como aquella.Fuera de la cama, la habitación era lujosa, pero necesitaba una buena limpieza. La alfombra de imitación de leopardo se había empapado con la botella de bourbon que yacía volcada sobre ella. El olor a whisky amenazó de nuevo la estabilidad de su estómago, pero logró contenerse.Trató de recordar la noche anterior.
Su memoria estaba compuesta de pequeños fragmentos de imágenes disueltos en drogas y alcohol. Habían dado un concierto que había salido genial. Habían bebido y fumado hasta reventar. Después, fiesta privada en el hotel. De algún modo aquella rubia había llegado a su cama. Escrutó el suelo en busca de cadáveres de preservativo, pero no encontró ninguno. En cualquier caso, no estaba de humor para preocuparse en esos momentos.Se levantó y caminó tambaleándose hacia el cuarto de baño. Había restos de vómito en el lavabo. Miró su cara en el espejo, y por más que se repitió, como siempre que veía su reflejo, que era un triunfador, no acabó de creérselo. De repente, una corriente de odio que había estado gestándose durante años lo arrolló.Odió aquel maldito hotel de lujo que podía pagarse. Aquella rubia de bote, similar a otro cientos de chicas que se habían acostado con él. No podía recordar el nombre de esta, ni de ninguna de las otras. No significaban nada, eran sólo cuerpos. Adornos, símbolos de su fama, como su rólex de oro o su ferrari. Ninguna de aquellas chicas lo amaba. No se acostaban con él, sino con el personaje que representaba en los escenarios. Se follaban su éxito, no a él. Si fuese un don nadie, ninguna de aquellas bellezas siliconadas se le hubiese acercado siquiera.
Odió los conciertos, a los fans, a los demás integrantes del grupo, los flamantes instrumentos, a su mánager, sus contratos millonarios, esas canciones comerciales que no sentía como suyas y que no hacían más que sonar en todas las emisoras de radio. Se sintió sucio, vacío, carente de sentido. No amaba nada de lo que hacía. Daría lo que fuese por volver a aquellos tiempos inciertos en los que soñaba con ser estrella del rock.Se dijo que todo estaba en su mano. Salió de cuarto de baño a trompicones, arrastrado por su resolución.
Dio una patada a la botella de la alfombra y llamó a su agente financiero. En su contestador dejó dicho que donase todos sus fondos a obras de caridad y que se buscase un nuevo empleo. Supuso que se lo tomaría como una broma, pero no le importó. Se vistió, cogió el poco dinero que encontró en el cajón, y se echó al hombro su vieja guitarra acústica, esa que siempre llevaba a las giras porque le traía buena suerte.Mientras salía del hotel, nadie lo reconoció. Atrás había quedado todo: su grupo, sus tarjetas de crédito, su teléfono móvil, él mismo. Cuando salió a la calle camino de cualquier parte miró hacia arriba, el sol le dió en la cara, y sonrió...
En resumen, a veces es triste ser una estrellita del rock... muchos por desgracia, no se dan cuenta de lo que tienen, hasta que lo pierden... por suerte, aún existe gente que lucha por el rock sin dejarse eclipsar por la fama y se mantienen tan auténticos como siempre:)
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