Tenía miedo a enfrentarme a esta misma pantalla tras este puente, a ese "folio en blanco" imaginario que se ha convertido la pantalla del ordenador cada vez que empiezo a redactar sobre lo que me acontece.
Recuerdo que hace años, cuando más insegura me sentía y mi ente vagaba sin rumbo esperando encontrar alguna señal que diera sentido a todo esto, apareció con más fuerza en mi vida la figura de Leo. Él, es un chaval que vive de la música, del reducido círculo de amistades que se pueden formar y mantener diariamente girando en torno a esas experiencias. Su ámbito vital es tremendamente limitado, ya que tan solo se presta a cuanto allí acontece, es extremadamente abierto, celoso de su intimidad y en ocasiones asocial, sin embargo, su sabiduría resulta casi ilimitada. Gustaba de analizar el porqué de las cosas, las relaciones entre personas, disfrutaba comprendiendo al "otro" y tratando de desgranar que nos impulsa a actuar como lo hacemos. A fuerza de ver pasar personas tan y tan dispares, Leo ya casi comprendía y clasificaba como éramos, o como podríamos llegar a ser, el resto de los mortales. De su obsesión casi enfermiza nació también un gran sentido de responsabilidad, de ayudar a quién lo necesita y una capacidad de ejercer crítica y autocrítica con el fin de hacer a todos una convivencia más fácil.
Con todas sus fobias, su nula capacidad para aceptar otras realidades, su exigencia límite o su más que dudosa "Fe ciega" en ciertas personas, acabé aceptando y admirando lo mejor de él, y a ciencia cierta puedo decir, que con el tiempo me alegran mucho los años estando juntos. Recuerdo, que cuando mi carácter impulsivo y visceral se manifestaba, él me proporcionaba tila relajante en forma de sabios consejos, cuando la impaciencia me invadía eran sus palabras las que hacían llevadera la espera. Y así, en lo personal, cuando me lamentaba de cuanto me había tocado pasar ese año, me convencía de que no era para tanto, de que seguro, llegarían buenas nuevas y atardeceres compartidos, cuando mi ego se revolcaba por cualquier ciénaga, él me recordaba lo mucho que valía (joder, me enseñó a quereme como nunca me había querido a mí misma) y cuando era capaz de volar creyéndome Superwoman, él me recordaba que de Superwoman nada, y que más me valía no perder la humildad que nos debería caracterizar a todos.
Pasado el tiempo, y sufriendo el lógico distanciamiento consecuencia de nuestros propios y diferentes intereses, empecé a sustituir a Leo por una conciencia interna muy a su estilo. Y así, cuando trato con alguien y me siento superior, me repito a mí misma que nos ayudamos para comer por el mismo número de manos, respiramos por una sola nariz y miramos, lloramos y nos emocionamos con el mismo número de ojos. Del mismo modo, cuando me siento una mierda suelo decirme que cuando quise tuve valor para enfrentarme a todo, y a veces, solo a veces, salí airosa de la confrontación y miré al mundo poderosa y reconfortada conmigo misma.
No han sido, ni son, mis mejores días, ni mucho menos (en esta ocasión lo guardo para mí, disculpad). Por eso, cuando me veo débil, tremendamente insegura o con el alma desencantada, vuelvo a apelar a esa conciencia que me forjé dentro, heredada de mi buen amigo, que me dice que no me asuste, que no me queje como Calamaro de que no me pregunten si "sufro, si lloro o si tengo una pena que hiere muy hondo", que lo mejor que puedo hacer es volver a convencerme de mis posibilidades, de que tengo valor y motivos para estar orgullosa de mí misma, más valor incluso que nadie, y ante todo, que por mucho palos que me de la vida no vuelva jamás a sentirme esa payasa triste que necesitó un Leo real que le golpeara la cara buscando una reacción. Valentía, entereza, amor propio, humildad y una sonrisa permanente... es todo cuanto necesito. Es todo cuanto me enseñaste.
Va por mí Leo; y por ti también, amigo.
0 Comments:
Post a Comment
<< Home